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sábado, 8 de marzo de 2008

¿Por quién doblan las campanas?

No eliges donde naces. Sin embargo, ese hecho te marca. Tus posibilidades, tu valía a los ojos de los demás, tu lenguaje y, por tanto, tu manera de vivir, tu cultura, tu forma de ser, de sentir.
No siempre influye de la misma manera, por ello no todas las personas que nacen en el mismo lugar son iguales. Pero si es una cuestión que invita a la reflexión.

Tuve la suerte de nacer en España, en Madrid. En una familia de clase trabajadora, que siempre tuvo las necesidades básicas cubiertas. Tuve la suerte de poder estudiar, de trabajar mientras estudiaba. De licenciarme en la carrera elegida. De asistir a academias, de recibir regalos por mi cumpleaños, por Navidad, por...por...por...porque sí. Tuve la suerte, tengo la suerte de poder leer, casi devorar los libros, de ojear el periódico e investigar. De viajar, de conocer gente, de cultivarme siempre un poco más y abrir los ojos ante aquello que muchas veces se nos muestra en penumbra. Llevo colgada, sin pedirlo, la etiqueta de 'ciudadano de primera', sin lujos, pero de primera.

No me creo superior a nadie. No lo soy. Pero, lo soy. Porque la realidad no es lo que realmente es, sino lo que quieren que creamos que sea. Y para muchas personas ésta es una postura cómoda, "que piensen por mí, que para eso ya trabajo toda la semana". Es muy difícil conversar con alguien que se cree que no hay más allá de sus propias fronteras físicas y mentales. Es imposible. Y, además, es una especie que abunda, y que no se va a extinguir, porque su cultura, o mejor dicho la ausencia de ella, no es sino la leche que debe nutrir desde los primeros meses a su descendencia.

Todos los días escuchamos como cientos de personas se lanzan a los mares en 'colchonetas hinchables' para darse una oportunidad. Aquella misma que a nosotros nos vino dada desde el primer día, por el mero hecho de existir, y de la que no sólo carecen ellos, sino que además, implacables, construimos muros que nunca podrán franquear. Son ciudadanos de tercera. Negros que no hablan nuestro idioma. Blancos que no "entienden" nuestra forma de vivir. Son diferentes. Y la diferencia repugna. Fronteras políticas, mafias, papeles, burocracia. Todo creado para que los de primera puedan degustar la vida, mientras que 'los otros' se abrazan con la muerte.

A todas aquellas personas que sienten que tienen más derechos que el resto por vivir donde viven, que se creen más inteligentes y poseedores de la Verdad, les invitaría a visitar el extranjero. A ellos por conocimiento, ya me valdría, y no por necesidad (como lo hacen los "ciudadanos de tercera"). Les invitaría a convivir con foráneos, a compartir vivencias, a aprender a escuchar. Qué bueno sería que fueran capaces de desvestir a la persona de su sexo, religión, de su nación. Sólo alma, corazón y mente, que es lo que somos (lo demás, nos viene dado). He tenido la suerte de vivir fuera, y de conocer personas de todos los continentes, entre los que se encuentran grandes amigos. Algunos de ellos supervivientes a los misiles lanzados por la cultura Occidental. Llegaron sin nada, y ahora lo tienen todo. Pero cuanto se sufre cuando vuelves a España y escuchas comentarios sobre los extranjeros, que como lanzas, te hieren. Y a pesar de usar como escudo la indiferencia y la palabra, siempre me abaten. El juicio opresor de la mayoría.



Una imagen: La familia en la orilla, en el mar su futuro y en la mochila la esperanza.
30 segundos de reflexión.
¿Por quién doblan las campanas? Cada vez que doblan las campanas, es por tí.